“Uno de los grandes legados del Concilio Vaticano II fue el restablecimiento y estímulo de la orden del diaconado en toda la Iglesia Católica. La decisión del Concilio sobre el diaconado emanó de las charlas sobre la naturaleza sacramental de la Iglesia. Los Padres del Concilio presentaron en imágenes concisas, descriptivas y complementarias una amplia enseñanza del magisterio: la Iglesia es “misterio”, “sacramento”, “comunión” y “misión”.

Acerca del Diaconado

 

La Iglesia es “como sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano . . .” “La Iglesia…con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la Santísima Trinidad”.Este “mandato misionero”es el sagrado derecho y obligación de la Iglesia. Por la proclamación de la palabra de Dios, en celebraciones sacramentales y en respuesta a las necesidades de los demás, especialmente en su ministerio de caridad y justicia…” La Iglesia es instrumento de Cristo… “Sacramento universal de salvación”(DNMVDP, Núm.1-3).

 

La palabra Diácono y diaconado se deriva del griego diakonia, que significa servicio o ministerio. Es así que, un diácono es ordenado por la Iglesia para el servicio. “La Sagrada Orden del Diaconado sebe ser “una fuerza impulsadora al servicio de la Iglesia o diakonía en la comunidades cristianas locales, y como un signo o sacramento del mismo Cristo que ‘vino no a ser servido, sino a servir.’”(DNMVDP, Núm.3).

 

Esta dimensión de servicio está unida a la dimensión misionera de la Iglesia. El Vaticano II en su Constitución sobre la Iglesia habla de tres áreas de servicio diaconal: el ministerio de la Caridad, el ministerio de la Palabra y el ministerio de la Liturgia. El diácono tiene la flexibilidad de dedicar sus talentos especiales bajo la guía del Espíritu y a través de la Iglesia a contribuir a la misión de la Iglesia dentro de su propia actividad en la sociedad y en la comunidad del mundo.

 

El Papa Juan Pablo II hablaba sobre papel especial de los diáconos en el mundo. La gracia sacramental de su ordenación les fortalece y hace sus esfuerzos fructíferos; asimismo, su ocupación temporal les da la entrada a la esfera temporal en formas que no es apropiada para otros miembros del clero.

 

La Arquidiócesis de Chicago ordenó a sus primeros Diáconos Permanentes en el año 1972. Actualmente cuenta con un total de 680 diáconos que prestan servicio activo, de los cuales 153 son hispanos y trabajan principalmente en el ministerio hispano de la Arquidiócesis.

 

En su gran mayoría, los diáconos están asignados al servicio de una comunidad local en una parroquia; pero además, muchos de ellos brindan servicios muy diversos, tales como el ministerio en la pastoral de hospitales (pastoral de la salud), centros correccionales y cárceles, en hogares de ancianos y de niños; participan también en instituciones diversas que brindan servicios sociales a los pobres, y trabajan en la pastoral familiar, en movimientos de renovación de la Iglesia, en la pastoral de consuelo o de la esperanza frente a la muerte, dan retiros espirituales, y están involucrados en la administración de sus parroquias, entre otros.

 

Nuestros Diáconos Permanentes ampliamente demuestran no sólo a la comunidad de la Iglesia, sino también a amplios círculos de la sociedad, que la restauración propuesta por el Concilio Vaticano II fue verdaderamente una inspiración del Espíritu del Señor actuando en la Iglesia.

 

El primer perfil diaconal lo encontramos trazado en la Primera Carta de San Pablo a Timoteo: « También los diáconos deben ser dignos, sin doblez, no dados a beber mucho vino ni a negocios sucios; que guarden el Misterio de la fe con una conciencia pura. Primero se les someterá a prueba y después, si fuesen irreprensibles, serán diáconos... Los diáconos sean casados una sola vez y gobiernen bien a sus hijos y su propia casa. Porque los que ejercen bien el diaconado alcanzan un puesto honroso y grande entereza en la fe de Cristo Jesús » (1 Tim 3, 8-10.12-13).

 

La Didachè exhorta: « Elegíos, pues, obispos y diáconos dignos del Señor, hombres pacíficos, no amantes del dinero, veraces y probados »,(33)

 

Y S. Policarpo aconseja: « Por tanto, en presencia de su justicia los diáconos deben ser sin mancha, como ministros de Dios y de Cristo, y no de hombres; no calumniadores, ni de doble palabra, ni amantes del dinero; tolerantes en todo, misericordiosos, diligentes; procediendo conforme a la verdad del Señor que se hizo servidor de todos ».

 

La tradición de la Iglesia ha ido completando y precisando más los requisitos que confirman la autenticidad de una llamada al diaconado. En primer lugar, son los que se requieren para las órdenes en general:

 

I« Sólo deben ser ordenados aquellos que... tienen una fe íntegra, están movidos por recta intención, poseen la ciencia debida, gozan de buena fama y costumbres intachables, virtudes probadas y otras cualidades físicas y psíquicas congruentes con el orden que van a recibir ».

 

 

 

Identidad del Diácono Permanente

 

Cualidades

HumanasEntre las cualidades humanas hay que señalar: la madurez síquica, la capacidad de diálogo y de comunicación, el sentido de responsabilidad, la laboriosidad, el equilibrio y la prudencia.

 

Virtudes evangélicas

La oración, la piedad eucarística y mariana, un sentido de Iglesia humilde y fuerte, el amor a la Iglesia y a su misión, el espíritu de pobreza, la capacidad de obediencia y de comunión fraterna, el celo apostólico, la servicialidad, la caridad hacia los hermanos

 

Estado de vida de los candidatos

 

El Celibato

« Por ley de la Iglesia, confirmada por el mismo Concilio Ecuménico, aquellos que desde su juventud han sido llamados al diaconado están obligados a observar la ley del celibato ».

 

Casados

« Cuando se trate de hombres casados, es necesario cuidar que sean promovidos al diaconado sólo quienes, después de muchos años de vida matrimonial, hayan demostrado saber dirigir su propia casa, y cuya mujer e hijos lleven una vida verdaderamente cristiana y se distingan por su honesta reputación ».

 

Además de la estabilidad de la vida familiar, los candidatos casados no pueden ser admitidos « si no consta, además del consentimiento de la esposa, la probidad de sus costumbres cristianas y que no hay nada en ella, aun en el orden natural, que resulte un impedimento o un deshonor para el ministerio del marido »